Menu

Mi Entorno Amigable

25 Septiembre, 2013 - Talleres

Post to Twitter Post to Facebook Send Gmail

Fui estudiante del Liceo Internacional desde pre-kinder a 5to grado. Durante esos años la educación de los colegios en Quito no tenía demasiado énfasis en las artes, sino que más bien, tenían una metodología estricta y racional: enfocada sobretodo en las matemáticas. El profesor era una gran autoridad a la que obedecer sin poder cuestionar nada, el estudiante debía recitar respuestas correctas aprendidas de memoria. No pasaba muy bien, porque lo que tenía era una infinidad de preguntas. Pasaba feliz en los escasos momentos del recreo y  las clases de pintura. Cuando mis padres me cambiaron de colegio, pensé, nunca más voy a volver. Pero gracias a Agustín Darquea, quién está implantado un excelente trabajo ecológico en el colegio, REGRESÉ. Y durante los 4 meses que duró el taller “Mi Entorno Amigable” ¡Fui la persona más feliz en despertarse para ir al colegio! El lugar que durante la infancia me obligaba a inventarme siempre nuevas enfermedades, ahora se había convertido en un lienzo sin fin para la creatividad. Todo esto gracias al apoyo de la directora Adriana Varhola, que tan ilusionada se encontraba con el proyecto. Teníamos como objetivo transformar el colegio artísticamente trabajando con los estudiantes y utilizando materiales reciclados. Quería crear el taller que hubiera querido en mi infancia. La libertada y apertura que sentí de parte de las autoridades y profesores del colegio, especialmente de Patricia Erazo y las profesoras de arte: Ana Cristina Correa y María Salazar, fue la que yo les daba a mis estudiantes. (Que no les veía como estudiantes) ¡Sino como los mejores profesores que he tenido! Sus preguntas, inquietudes, motivaciones y desmotivaciones, me hacían cuestionarme más de lo que ya me pregunto diariamente. Por el simple hecho de tener que dar una clase que pretendía jamás se olviden. Les daba mucha libertad, tuvimos muy pocas clases dentro del salón porque pasábamos afuera creando. Quería que despertaran sus sueños, que supieran que tienen la posibilidad de cambiar el entorno en donde viven, de que no hay que conformarse con lo establecido y de que se puede trabajar juntos utilizando la creatividad para vivir en un lugar que sintamos que nos pertenece. Comenzamos el taller recorriendo el colegio e imaginando ¿Qué se podría hacer? Les mostraba artistas e intervenciones para desarrollar ideas y aprender sobre arte. Pegaba obras de artistas por todo el colegio. Dibujábamos las ideas, las pintábamos, las armábamos en bocetos utilizando materiales reciclados, las discutíamos, y hablábamos de reciclar más materiales. De lo que significa la basura que se convierte en material creativo. Del potencial que tiene todo lo que ponemos en la basura sin siquiera sentir la culpabilidad de que eso termine en el propio río, mar y bosque o peor aún, en el entorno de los vecinos más desdichados. Tenía estudiantes desde los 10 a los 18 años y quería hacer un proyecto entre todos.  Así que con las ideas de las clases, la mayoría quería transformar las gradas inspiradas en una cascada, porque cuando llueve, se convierten en eso. No quería crear una imagen y seguirla, sino que cada uno, en su momento, pueda aportar creativamente, siguiendo la lógica de la intuición o el inconsciente. Quería que fuera una sorpresa tanto para mi, como para ellos y que no fuera un proyecto que pudiera hacer sola o ellos sin mi, sino que cada integrante pudiera aportar. Comenzamos con la intervención de las gradas, metafóricamente tenía sentido porque la creación es poco a poco: como ir subiendo una escalera, pero lentamente. Utilizamos cemento como en la técnica del mosaico, pero sin mosaicos, sino que pegamos: tapas, marcadores, frascos de vacunas (que no son peligrosos), ganchos de ropa, envases de chicles, cepillos de dientes y todo lo que pudiéramos recolectar. Al comienzo a algunos no les gustaba el proyecto, pero es porque es el comienzo. A otros no les gustaba ensuciarse y pintaban encima del compañero, se peleaban a veces y siempre aprendían unos de otros, aunque no se de cuenta. Podían experimentar con la pintura sin la obligación del resultado y tenían la libertad de manejarla, lo cual aprendí que eso se enseña. Algunos estudiantes más mayores se quejaban de que peguemos basura y a los más pequeños les encantaba poder transformarla, ¡Querían pintar hasta durante el recreo! Los elementos iban surgiendo con cada uno como en un cuento colectivo. Cuando comenzamos con la pintura, los colores y las formas más definidas las críticas y  actitudes hacia el proyecto a cambiaron en percepciones más positivas y críticas constructivas, como la de que cada clase haga su propio proyecto. ¡Fue entonces cuando comenzamos a pintar por todo el colegio!

 

6to curso pintó su propio mural representando a su curso, los otros grupos que eran desde 2do curso a 5to curso, hicieron cada uno algo diferente: una jardinera con llantas pintadas, un corazón utilizando cds, un árbol con botellas rellenas de plantas, un mural tridimensional de la luna, el sol y las estrellas hecho de cds que se mueven con el viento y brillan con la luz, un tejido de plásticos en la malla de las gradas. Los cursos de primaria hicieron un juego de los números en la rampa y un mural de animales fantásticos. Una estudiante pintó todo un corredor de colores. Y así cada grupo iba imaginando cómo transformar la basura, iba dando ideas, dirigiendo un poco, tratando de que todos trabajen, iba haciendo los últimos detalles que gracias a Samatha Ullauri pudimos terminar para cerrar el proyecto con una exposición en donde venían los padres y los estudiantes les hacían el recorrido por el colegio que ellos mismos pudieron transformar.

En Quito, Pichincha, Ecuador.

Deja un comentario